viernes, marzo 09, 2012

Los Regresos


Regreso I


Cada vez que sonaba el teléfono y él, pequeño como se sentía, y agarraba, el tubo y ponía en auricular en su oreja, apoyando rápidito para escuchar la primera palabra que escucharía desde el otro lado de la ciudad, que le dijera -Hola ¿Cómo estas?- y comenzara así una conversación de unos minutos, en la que ella (la que en un rato dirá : - Cuidate, llamame ¿si? -) preguntaría por su esposa, preguntaría por él, preguntaría por sus cosas y él contestaría sin pausas, a cada una, de las preguntas, y ella le preguntará si tiene algo que contarle -Nunca me contás nada- y el le dirá algo que a fin de cuentas, es lo de siempre e irá preguntando él ahora a ella por su esposo y por sus cosas y cuando él la escuche contarle brevemente alguna noticia del pueblo - ¿Te conté que se cayó el nogal? -, y cuando la escucha, se da cuenta que escucha una voz lejana, que lo asusta, pero que lo asusta mucho, porque claro, cada vez que sonaba el teléfono y él, pequeño como era sabía que habia del otro lado un regreso de una vida que ya no era.

Regreso II
 
"...y ya veras las sombras que alli estuvieron no estaran...,
...ya va a volver al barrio que a sanlorenzo lo vio nacer..."
Dale alegria a mi corazón, Fito Paez/Canto de cancha, Anónimo Popular, 2012

 
Se reencontraron un día cualquiera, no importa. Ella regresaba al barrio por corto tiempo luego de haber vivido pequeñas vidas de novela en la ciudad de Tilcara. Aquel día cualquiera, él aún no había dejado el barrio que lo vio nacer. Ahora, que escucha él ese canto de hinchada que viene de la ventana, a coro con afinado abrazo de hinchada de miles, le llega desde el ensueño de día triste,  un recuerdo añejo, de día alegre. Ella, pasó por el barrio a saludar, pues se iría de nuevo a Tilcara en cuestión de horas. Hacia años que no se veían, no se cuantos, los suficientes como para que la palabra años tenga sentido. No habian sido ni amores, ni amantes, ni siquiera hermanos, tal vez amigos sea la palabra, pero a la distancia del recuerdo, ahora en una ventana que mira a la Avenida Rivadavia al fondo y a años de haberse ido de ese barrio, la palabra amigos guarda otro significado. Tal vez hayan sido amigos, y ese dia cualquiera, cuando la muchacha bajó del auto de su novio, cerquita del puente  y lo vió a él - al que ahora entresueña un cantito de hinchada que abraza - se soprendió del tiempo, y de verlo, y se sorprendió tambien al verse vista, por él, que, caminando distraido con walkman de un  Páez de fondo, le puso stop a la cinta y caminó, directo hacia donde ella y su novio estaban. Se hablaron a los gritos a unos metros, con los saludos del caso. Fueron presentados los dos hombres, en un cálido apretón de manos sinceras, era la primera vez que se veían. Pero existía entre ellos una familiaridad hija del aprecio. Se charló rápido a falta de mates y por la prisa de ambos: se habló de ellos. Se preguntó también por aquellos amigos antiguos que el barrio se había tragado o escupido, quien sabe que, a otros barrios,  quien sabe quien, a otros amigos. Se contestó sobre los viajes y los éxodos de casi todos. Se pusieron al día en materia del tiempo, que pasa volando - claro - y no te espera ni una ronda de mate. Recordaron el pasado sin hablar de él, hablaban del presente, de qué era de cada uno de aquellos militantes de la bohemia, con los que se compartieron unos años, que ya no era  una unidad de tiempo. En fin, se pusieron al día, alegres. Los de los viajes y de los otros, los que no vuelven. Se hicieron el gesto breve de que habia que partir (si hubieran tenido el mate en la mano, se hubieran dicho gracias). Aquel novio de ella se había hecho parte de la ronda y cebaba cada tanto comentarios presentes sobre aquellos jóvenes de los cuales se trataba mas que nada esa mateada y lo hacía desde ya, desde su ventanita de aquel momento en la cual aquellos amigos, también sus amigos algunos de ellos, eran presentes. No habitaban en sus mates, el olor añejo de la ausencia o de la vida en otro lado, sino mas bien, los traía vivos, a la ronda, que era una ronda con mate de fondo. Los traía vivos a los mates y con ellos a ellos, que para los otros dos reencontrados, se habían pegado al recuerdo. Curioso el recuerdo de ambos, porque era posible traerlos de vuelta del todo, al menos no con palabras, al menos no con muy rico. No le importan ahora, a él que desde su ventana aprecia el silencio, ya no ese canto callejero de Rivadavia de fondo, sino de autos lejanos que doblan esquinas y van hacia puentes para llegar a perderse en un barrio. No le importan, piensa, los nombres de aquellos amigos, que si enumerarlos quisiera, le llevaría tal vez unos años, que ya no es una unidad de tiempo, sino una medida del abrazo. Si enumerarlos quisiera, llenaría una cancha, de tribunas vocingleras. Una cancha como aquella que se fué para otro barrio, y que ahora quiere volver, y la escucha volver desde la calle, que es por donde vuelven los autos, los amigos y  los recuerdos.
El auto tenía el motor encendido y el novio de ella con la paciencia nerviosa del apuro - habían quedado, ya, tenían que estar en otro lado, hace rato- fue hacia el baúl a revisar algo, levantó el baúl y sin ya verlo, él y ella se dieron un abrazo fuerte. Ya habían charlado todo lo que había y ya habían traido todo lo que hubo. Fue un gracias de mate humeante aquel abrazo, que duró años, que ya no es una medida de abrazo sino de fuerza.  Fue casi eterno aquel abrazo, por fuerza, ternura y misterio. Habían traído a aquella ronda, lo que las palabras no pueden, un día cualquiera, en un abrazo eterno. Al bajar escuchar el  ruido del baúl bajar, los fugaces abrazados se intentaron separar, en un gesto por centímetros, que ya no es medida de distancia sino de existencia. -Quedate un rato más, es importante- escuchó él que su novio le decía a ella, mientras se alegraba pues se dio cuenta ella tenía, a su lado ahora, alguien que la quería. Lo que siguió fue darse cuenta que en ese abrazo, mas que los dos, estaban allí también aquellos amigos que desde esta noche de Rivadavia de fondo, él escucha y no quiere nombrar. Ella subió al auto, él saludó a su novio, con un apretón de mano y una mirada a los ojos, ya con el motor encendido, movieron las manos con un gesto típico de cualquier estación, un día cualquiera.
Habían partido. El nunca mas volvería a ver, sabrá de ella rumores que trae la calle. Guardará ahora un recuerdo nuevo que vivirá en un abrazo futuro, un día cualquiera, cuando esta ficción regrese de las sombras.
 
Regreso III

"...hay en la casa un hondo y cruel silencio huraño..."
La casita de mis viejos,

Hubo una casa un día, escrita-maravilla de libro sin fín, que, al recorrido de siglos fueron ladrillos de papel arrugado, donde en sus paredes blancas habitaron seres de papel sin tinta, quienes se preguntan desde el fondo de un baúl o arcón antiguo, apelmazados como están ahora ellos que ya vivieron y dieron vida a la casa, cuando arden las paredes por el paso del tiempo, y cuando ella ya no habita ya mas a nadie, donde estará la dueña, vieja ahora, ya ciega, Doña Mercedes, y donde están sus hijos, que no regresan.

al recuerdo de Mercedes Guevara (personaje robado de otra ficción),
que regresa eternamente,  sin haber vivido nunca esta vida tan breve.

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