Jirones de reseñas de otras vidas. Magnolias y costumbres de oler el tiempo como si fuera mio. A veces los instantes son demasiados como para lograr ser uno. Y es entonces cuando quiero tenerlos todos juntos en un ramillete de cordura, un piolín finito los apura a unirse todos juntos y son ellos los que me tienen seguro de que nunca habrá instanste igual.
Advertir el instante preciso ocurre en desvelos de ojos. Cuando nadie ya te mira, podes mirar en paz detrás de la costumbre y entender que cualquier instante que a retazos desnudes como jirones de otras vidas, es uno de esos que te acompanará siempre. Pasado el perfume del tiempo, vendrán otros. Que alguna vez serán agua para beber lo que se ha sido.
domingo, agosto 15, 2010
miércoles, agosto 11, 2010
A-Ficción
Hasta que no lo vió llegar por esa puerta no supo si aún tendría el aspecto que guardaba en su memoria. Aquel actor de reparto de su infancia, que por las tardes lo entretenía desde la pantalla de Teleonce, era hoy un humano más entre todos los humanos. Hector Ricardo Sosa entró por esa puerta donde Magda esperaba con un cigarro en la boca, y así como pasó, se dirigió directo al ascensor. Apretó el boton para que repentinamente las puertas automáticas se abran, y el desaparezca fugazmente de la vida de Magda, que esperó un rato más y se fue por donde vino. A su casa, a mirarlo por la tele, donde siempre podrá reconocerlo.
sábado, agosto 07, 2010
Memorias
Guardó un silencio que duró unos segundos. Hizo caso a aquello que había escuchado desde pequeño. En su casa sólo se hablaba un idioma, el puño en alto y el grito fuerte.
jueves, agosto 05, 2010
Ceremonia 2
Guarda un rio y se atraganta con arena. Quizas te pida permiso para ser quien és. Cuando se alejó de la costa, la útima piedra que fue pisada tropezó corriente abajo y el bramido de las aguas fue como desolador. Se fué con río y todo a buscar el sol. Y encontró pedazos suyos flotando suevemente.
miércoles, agosto 04, 2010
La cercanía 3
"El mundo se resiste a ser dibujado"
T. Eloy Martinez, El purgatorio
Levantó el mapa cubierto de polvo y se rascó dos veces la barba. Había estado dos horas perdido en una fantasía. Sabía donde estaba, pero no lo sabía. Miró el mapa de nuevo, se rascó la nariz, se mordió el labio, hizo un gesto extraño, levantó la vista y miró alrededor, refregandose primero los ojos con la mano que tenía libre. El paisaje no era el que describía el mapa, ni se parecía. El sabía perfectamente donde estaba. Sabía de donde había salido y creía saber hacia donde se dirigía. Pero según el mapa, él estaba perdido. Por una vez en la vida, decidió no hacerle caso a los difujos en un papel, y se internó en el paisaje. Se metió sin querer en el mapa que miraba, y ahora, ahora, estaba seguro de que sabe donde está. La certidumbre de las lineas rígidas que son ríos y que no mojan y que orientan, fue su placer instantaneo. La cercanía de las letras diciendole en que preciso lugar estaba le gritaban desde la profundidad de una cartografía que se resiste a ser imaginada. En su certidumbre confió que estaba en el lugar seguro, perfecto, inalterable. La exactititud de un mapa no se condice con lo cambiante del mundo. Como era de esperar, nadie supo nada de Tito, nunca más. Ahora es un exacto punto en un mapa, que para el mundo, quedó vetusto. Claro que él no lo sabe. En su cercanía una raya de crayón rojo lo atraviesa, delimitando una carretera nueva. Lo habrán borrado del mapa, o lo habrán mandado a otro. A nadie le importa, es imperceptible. Ni Esther, ni Clara notaron esa mañana que Tito yacía y miraba desde el mapa del Virreinato del Río de la Plata que descansa colgado en la pared, en la casita de Congreso. Ni siquiera Tito pudo percatarse de que ya era parte del paisaje. Ininmutable, vivió el resto de los días en una calle barrosa del Buenos Aytres colonial, en un mapa que nadie se atrevería a remarcar ni a retocar.
El día que vendieron la casa, el mapa fue a una subasta. Ahora Tito espera que alguien compre, como hace unos siglos, tanta tierra o que se la roben, o que se la quemen.
La cercanía de la eternidad no es perderse en un mapa, ni dibujar la vida de los otros. Sino permanecer imperceptible a la vera de un camino que se niega a ser dibujado.
T. Eloy Martinez, El purgatorio
Levantó el mapa cubierto de polvo y se rascó dos veces la barba. Había estado dos horas perdido en una fantasía. Sabía donde estaba, pero no lo sabía. Miró el mapa de nuevo, se rascó la nariz, se mordió el labio, hizo un gesto extraño, levantó la vista y miró alrededor, refregandose primero los ojos con la mano que tenía libre. El paisaje no era el que describía el mapa, ni se parecía. El sabía perfectamente donde estaba. Sabía de donde había salido y creía saber hacia donde se dirigía. Pero según el mapa, él estaba perdido. Por una vez en la vida, decidió no hacerle caso a los difujos en un papel, y se internó en el paisaje. Se metió sin querer en el mapa que miraba, y ahora, ahora, estaba seguro de que sabe donde está. La certidumbre de las lineas rígidas que son ríos y que no mojan y que orientan, fue su placer instantaneo. La cercanía de las letras diciendole en que preciso lugar estaba le gritaban desde la profundidad de una cartografía que se resiste a ser imaginada. En su certidumbre confió que estaba en el lugar seguro, perfecto, inalterable. La exactititud de un mapa no se condice con lo cambiante del mundo. Como era de esperar, nadie supo nada de Tito, nunca más. Ahora es un exacto punto en un mapa, que para el mundo, quedó vetusto. Claro que él no lo sabe. En su cercanía una raya de crayón rojo lo atraviesa, delimitando una carretera nueva. Lo habrán borrado del mapa, o lo habrán mandado a otro. A nadie le importa, es imperceptible. Ni Esther, ni Clara notaron esa mañana que Tito yacía y miraba desde el mapa del Virreinato del Río de la Plata que descansa colgado en la pared, en la casita de Congreso. Ni siquiera Tito pudo percatarse de que ya era parte del paisaje. Ininmutable, vivió el resto de los días en una calle barrosa del Buenos Aytres colonial, en un mapa que nadie se atrevería a remarcar ni a retocar.
El día que vendieron la casa, el mapa fue a una subasta. Ahora Tito espera que alguien compre, como hace unos siglos, tanta tierra o que se la roben, o que se la quemen.
La cercanía de la eternidad no es perderse en un mapa, ni dibujar la vida de los otros. Sino permanecer imperceptible a la vera de un camino que se niega a ser dibujado.
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