miércoles, agosto 04, 2010

La cercanía 1

"La geografía no trae soluciones"
T.S. Elliot

-Me resisto- le grita. La cercanía huele a espanto sin voz. A través de la reja, Mara seduce al olvido con la mugre que desde cualquier lugar del cuerpo le brota. No se desespera, saben que vendrán por ella para cualquier fin. En cualquier momento. Carlos es lejano y tiene un bigote crecido. Ernesto es una incognita desde siempre. Mabel es una beba en brazos de quien sabe quien. Ninguno ha nacido. Aún persisten en la fantasía. En la cercanía de los días sin fantasía, Mara grita y dibuja espaldas en una pared que todos los días se borra. Como su familia, que cercana, se desvanece en una frase. Dos horas mas tarde, esa tarde sentiría asco por primera y última vez. Ese aliento la asfixia. Ese afecto la afecta. No es cuestión de tiempo, es cuestión de distancia, se convence.

La sospecha 3

Ficción de un dia y medio. Una rebanada de carne que roza el plato y cruje. Un cuchillo tramontina que acelera el corte mientras sangra el jugo y se despliega rojo por plato blanco; la radio diciendole cosas al espejo, rebotando opiniones y locuciones de jabones en polvo y desodorantes. Levanta la vista con cara de no queres escuchar nada y Lucila, sobria y con la seguridad de que será la última vez que diga esa frase en ese tono, se arremanga la blusita azul y se rasca un parpado que le tapa su hermoso ojo oscuro e hinchado por la alergia. Apagá la radio o me voy. Mantuvo la calma en cada palabra salvo en aquel sonido indefinico, que es una palabra a veces y a veces no lo es. A veces ni si quiera es una letra la o que reclama y pide silencio o que pide un grito mas o que no pide nada. La o de Lucila sentada a la mesa del pequeño departamentos de novios de la calle Azcuénaga, en el que Claudio viviría sólo y sería su bulín de soltero por unos lustros, fue acentuada y masticada ya no como una letra, nunca volvería a besar ese cuerpo. Estaba harta. La o era una sospecha.
Ni bien terminó de devorar el bife Claudio la fue a buscar a la pieza. No sospechaba nada. Algunas letras, palabras u orgasmos son sospecha para quien lo emite y no para quien la escucha. La o de sospecha, necesito ser escuchada para que la sospecha deje de serlo y se confirme. La o de confirmación se parece mas a una puteada, a un llanto o a un grito desesperado que no se da nunca. Pero aún queda en en la memoria de Claudio, la o resonante que le tapaba la boca a la radio que no decía nada tan importante ni sospechoso como lo que decía Lucila. Realidad de cuarto de hora.

lunes, agosto 02, 2010

Guardando libros en paquetes de yerba

Aquella tarde llegó para quedarse. Como los amigos, que se pueden ir pero nos dejan marcas irremediables. Como los libros, que los podemos prestar a los amigos que nos dejan marcas y se van, y pueden irse con ellos, pero nos dejan manchas de tinta en algun lugar de la piel. Como los mates con Silvia, llegan, se van, se ceban, se enfrían, y Roberto los recalienta en su Primus de la pensión de la calle Alsina. Es enero y Buenos Aires hierve. Dos veces hierve el agua en la caldera, como le decía Roberto que se acordaba de sus años montevideanos. Como esas tardes caminando por dieciocho de julio con su viejo, el botija Robertito anadaba con su matera. Acompañaba a su tata de calle en calle por las librerías de Ciudad Vieja. Su papá llevaba los libros y el, los mates. Esas tardes llegaron para quedarse. Lindos momentos, piensa. Lo piensa ahora que su papa se quedó allá y el conoció a Silvia que no es amiga, ni un libro ni un mate, pero llego para quedarse esa tarde. Y se quedó siempre.

domingo, agosto 01, 2010

Películas

Fina capa delgada deteriorada entre el olvido y un recuerdo ficticio. Una fina película de plastico recubre los silencios. No los escucha, mira la televisión con el volumen bajo. El sonido de la ciudad mas allá de la ventana es el fondo para cualquier olvido en celuloide. La escena se congela y sus labios detienen la brisa que una ambulancia o un camión de bomberos aventan a sus oidos. Raquel levanta la vista, se le nublan los deseos y desde la pantalla un galan le guiña el olvido para que ella se acuerde de que no está sola, la acompaña una fina y delgada capa de sensaciones que para algunos viven en el celuloide, pero para Raquel viven en su piel. Ella es una capa mas entre todas las capas que la cubren de recuerdos.

Sinestesia, sin estela

Pálido, el recuadro si rostro, lejano entre una foto y la otra, iluminó la mirada de Estela, que devoraba con la mirada las viejas imágenes de su vida guardadas en diapositivas. Levantó sin querer los pies para hacer equilibrio en el pasado, y mientras su padre se reía desde una polaroid con olor a modernidad antigua, su madre hacía piruetas con un ranser que grababa los sonidos que Estela, cuando niña, dejó plasmada en una cinta magnetofónica. Estela mira las imágenes mientras junta cajas llenas de miedo y sin quererlo escucha o cree escuchar su propia voz, treinta años atrás. Papá le trajo el futuro, y ella ahora que el no está, le devuelve un pasado. En su memoria, el tiempo no ha pasado. -Pero el cuerpo sabe lo que la memoria ignora- dice la lagrima que baja por su mejilla, llega hasta su mano y se astilla en la foto de papa que sonríe con ella en brazos. Treinta años despues, el mismo llanto. Otros golpes. La misma foto. Sin estela.