Decir siempre lo mismo, decirse siempre lo mismo, hacer decirse siempre lo mismo es una de las tantas formas de grabar a fuego en nuestra propia historia algunos pasajes, historias, pensamientos o frustraciones. No se bien que pasa cuando siempre sentimos que decimos lo mismo, no se que pasa cuando lo siento yo, cuando lo siente ella, y sin embargo, nos dice, me dicen, le digo, que no, que no es lo mismo, que no es lomismo decirlo hoy que decirlo ayer. LA sensación es como la de quien espera siempre el mismo tren, el tren de las ocho y cuarto por ejemplo.¿YA pasó el de las ocho y cuarto? ¿Ese que se fue es elde las ocho y cuarto? Para que pregunto si igual no tengo reloj, ¿me importa que sea el mismo tren? ¿Me importa llegar a horario? Hagamos de cuenta que me importa. El tren de la misma hora es el discurso repetitvo, lo que transucurre una y mil veces en la vida, lo que decimos que elegimos.
No puedo esperar, y espero. No puedo postergar y postergo. Siento y espero que llegue esa carta, ese mail, ese mensaje, ese tren. Ese tren me lleva, y circunstancialmente me trae.Tomarlo es postergar otra cosa, escribirlo es postergar otras tantas. Pero ni yo manejo el tren ni yo hago la llamada.
Por mas que uno diga, el resto siempre pide cosas. Directa o indirectamente te andan pidiendo millones de cosas sin que puedas darte cuenta. Y lo que piden se mezcla con lo que digo, y lo que digo se mezcla con lo piden. Y a fin de cuenta termino sin voz para llamar al tren, y lo espero y no lo llamo. Y quizas lo que piden es sencillo. No se si digo siempre lo mismo, pero a veces parece que me repitiera siempre las mismas demoras, que me reprochara los mismos itinerarios, que me enredara en las mismas frases para aceptar la demora.
Empiezo a dudadr de querer tomarme ese tren o no. Es mentra que no tengo reloj, Se muy bien que estoy en hora, que nunca es tarde en el cuerpo.
sábado, septiembre 24, 2005
miércoles, septiembre 14, 2005
Calma nada, calma...

Nada me calma.
La calma no calma. La ira no me calma. La cama no calma.
No conozco la sensación, la presiento adentro de un vaso. Líquida y todo. La felicidad tiene olor a memoria. La memoria tampoco calma. Tomo la sensación de un brazo y la bebo de un sorbo y no calma. No es culpa de la sensación ser sentida. No es culpa del cielo ser azul. ¿La felicidad con olor a memoria? Olor a olvido, a hinchazón, a después con nadie. No es culpa de la calma que no viene. Es culpa del que la busca, del que la necesita. No es culpa de la ira si no se apaga, ni es culpa de la calma si no se prende. No vale apagar la puerta, o cerrar la luz, no vale conformarse, no vale acostumbrarse, no vale moverse, no vale correrse. Tampoco vale conocerse un poco mas para calmar a la calma. Clamarla. Vale la pena, si, la vale.
La calma vale la pena. Cuanta pena para una calma.
Cuanto vale una pena.
Cuanto vale la calma.
domingo, agosto 28, 2005
Nadie para despertar
No tengo reflejo. En tus ojos ya no tengo reflejo. Ni siquiera en mis ojos tengo reflejo (aunque no los vea siempre). Lo que si guardo son algunas formas de decir algunas cosas, que son casi un reflejo instantáneo muchas veces de hábitos antiguos, guardados en placares y metidos en cajones. Me quedan esos reflejos inservibles en la punta de los dedos. Esos de acariciar a la nada para que la nada me acaricie, esos de tantear en la oscuridad una boca de madrugada, y encontrar la tela de la almohada, repleta de baba. Ese de cebar dos mates por ronda para uno solo, y dar vuelta la bombilla y darme cuenta que ese mate ya no se lo toma nadie, y nadie dice gracias, aunque no tome más. Lo que si guardo son nombre que nunca uso, apodos que no tienen sentido. No se si alguno de esos reflejos se ajuste a la óptica precisa, a la lupa mágica que me fui haciendo para mirarte, pero detrás de la imagen seguro hay un músculo inquieto, un tendón alerta. No hacer ruido al entrar a casa, para no despertarla.
No reflejo lo que quiero, reflejo lo que puedo. Soy lo que puedo. No tengo reflejos que me sirvan, los reflejos que tengo son míos, los que me sirven, los tuyos. Digo tuyos como sí, por reflejo (la insistencia en la repetición de la palabra es pura burla a haber dejado de tenerlos) te escribiera directamente a vos. Por un rato me olvido con quien hablo cuando hablo así, porque esa cercanía por alguna razón me genera disctancia, y por el contrario la otra distancia me genera cercanía. Es extraño, pero decir "los suyos" al escribirlo suena mas cercano que al leerlos un rato después. Decir "los tuyos" los acerca un poco mas cuando los leo que cuando los escribo. Es inutil, no puedo escribir esos reflejos que no tengo. No tengo los tuyos ni los suyos, ni los de nadie. En realidad no tengo los de nadie.
Ahora que es de noche y que pensé un rato largo mientras volvía en el subte que me llevaba hasta la redacción, porque decidí irme de casa y venirme a la redacción a escribir un poco para pensar un poco mejor, ahora que anocheció en este domingo que se muere solo (o acaso lo estoy matando sin querer?), ahora comienzan los temblores en las manos. Ni bien abro la puerta, ni bien lo saludo al sereno, me doy cuenta que no hay caso y que no puedo manejar las cosas que llevo en la cabeza, que si no las digo revientan. Que son muchs las imágenes que se juntan todas juntas. Y que no me las banco. ¿No es mejor ir a un bar?, me pregunto.
Ahí me di cuenta, al rato estaba afuera de vuelta buscando uno de esos bares de las esquinas que a veces se ven en Buenos Aires. Evidentemente no quería pensar más. Solo quería que todo pasara rápido, automáticamente. Mal o bien, que pasara.
Necesito dormir- pensé, creo en voz alta, cuando ví a la moza tratando de no reirse mientras me dejaba la carta en la mesita cuadrada.
Yo también- me confesó, pero... hay que trabajar.
Si, hay que trabajar, en algo hay que trabajar, es una gran verdad. Por guita o no, hay que trabajar.
Se volvió a reir.
Simpática, pensé. Se ve que espera que le haga el pedido, porque se quedó parada mientras yo empecé a relojear la carta.
Vuelvo en un rato, dijo. Tengo cosas que hacer. (En el bar estaba yo solo), dijo.
No claro, lo que pasa es que ando con sueño y no me llega el agua al tanque, no me acordaba que venía por un café, y me quedé mirando la carta como un gil.
¿Me traés un café?
Pensé que necesitaba dormir, bromeó.
Al rato trajo el café. Lo tomé de un sorbo, como de compromiso, pagué, propina, me fuí.
Me subi al primer bondo que paso por la avenida hacia casa.
Ni bien llegué me acosté. Hice mucho ruido al entrar, no tengo a nadie para despertar.
Luciano Galizia 2005
No reflejo lo que quiero, reflejo lo que puedo. Soy lo que puedo. No tengo reflejos que me sirvan, los reflejos que tengo son míos, los que me sirven, los tuyos. Digo tuyos como sí, por reflejo (la insistencia en la repetición de la palabra es pura burla a haber dejado de tenerlos) te escribiera directamente a vos. Por un rato me olvido con quien hablo cuando hablo así, porque esa cercanía por alguna razón me genera disctancia, y por el contrario la otra distancia me genera cercanía. Es extraño, pero decir "los suyos" al escribirlo suena mas cercano que al leerlos un rato después. Decir "los tuyos" los acerca un poco mas cuando los leo que cuando los escribo. Es inutil, no puedo escribir esos reflejos que no tengo. No tengo los tuyos ni los suyos, ni los de nadie. En realidad no tengo los de nadie.
Ahora que es de noche y que pensé un rato largo mientras volvía en el subte que me llevaba hasta la redacción, porque decidí irme de casa y venirme a la redacción a escribir un poco para pensar un poco mejor, ahora que anocheció en este domingo que se muere solo (o acaso lo estoy matando sin querer?), ahora comienzan los temblores en las manos. Ni bien abro la puerta, ni bien lo saludo al sereno, me doy cuenta que no hay caso y que no puedo manejar las cosas que llevo en la cabeza, que si no las digo revientan. Que son muchs las imágenes que se juntan todas juntas. Y que no me las banco. ¿No es mejor ir a un bar?, me pregunto.
Ahí me di cuenta, al rato estaba afuera de vuelta buscando uno de esos bares de las esquinas que a veces se ven en Buenos Aires. Evidentemente no quería pensar más. Solo quería que todo pasara rápido, automáticamente. Mal o bien, que pasara.
Necesito dormir- pensé, creo en voz alta, cuando ví a la moza tratando de no reirse mientras me dejaba la carta en la mesita cuadrada.
Yo también- me confesó, pero... hay que trabajar.
Si, hay que trabajar, en algo hay que trabajar, es una gran verdad. Por guita o no, hay que trabajar.
Se volvió a reir.
Simpática, pensé. Se ve que espera que le haga el pedido, porque se quedó parada mientras yo empecé a relojear la carta.
Vuelvo en un rato, dijo. Tengo cosas que hacer. (En el bar estaba yo solo), dijo.
No claro, lo que pasa es que ando con sueño y no me llega el agua al tanque, no me acordaba que venía por un café, y me quedé mirando la carta como un gil.
¿Me traés un café?
Pensé que necesitaba dormir, bromeó.
Al rato trajo el café. Lo tomé de un sorbo, como de compromiso, pagué, propina, me fuí.
Me subi al primer bondo que paso por la avenida hacia casa.
Ni bien llegué me acosté. Hice mucho ruido al entrar, no tengo a nadie para despertar.
Luciano Galizia 2005
La isla: dando vueltas
Hace algún tiempo llegaron de viaje a la isla, de visita digamos, un par de amigos que hace mucho tempo que no venían aqui. Vivieron con nonsotros de manera intermitente, pero nunca fueron oriundos de acá. La vida en la isla ha seguido de maneras diversas para muchos. Sin embargo muchos de nosotros dejamos de escuchar algunos tonos de voz durante casi diez años.
No poder imaginar el rostro que tendrán cuando bajen de esa lancha, después de hacer el transbordo en el río Grande; ni poder figurarse las dos primeras palabras o sonidos que saldrán de sus bocas cuando una vez pisado el puerto, sus cuatro ojos se posen sobre la bahía y miren como todo ha cambiado. Este que narra está cansado de pensar que la vida cambia para un solo lado.
Está cansado de esperar que lo intermitente se haga constante, está cansado de que lo constante se haga agotador, y lo esporádico, silencio. En realidad prefiere sumergirse en el olvido mas impensado, para no necesitar atarse de un poste una noche de sábado en el Puerto Central y no moverse nunca. El que narra esto necesita más que nunca algunas excusas para darse cuenta que la soledad de la isla no es ilusoria. Así como al mirar el rostro cambiado de los que nos visitan no puedo reconocer mas que un par de facciones y se me escapa un "no cambiaste nada" o un "estás igualito"; al mirar alrededor no puedo reconocer que me voy quedando solo y que tengo la necesidad de decir que todo está igual.
No me quiero perder en frases que no me van a conducir a nada. Lo único que necesito es empezar a ver que realmente la isla se me está vaciando alrededor, una bomba de vacío que me chupa. No se cuantas veces necesito pensar en viajar de este lugar par mirarlo desde afuera. Pero la excusa es siempre crecer en el lugar donde uno nació. La isla no es ni mi casa ni mi cárcel.
Tres de la mañana. Viento afuera. Hubo tormenta hace un rato. Doy vueltas en la cama. Me transpran las manos. Pienso en salir a fumar un cigarro al jardín, pero me imagino la corriente de aire frío que entra por la bahia, y prefiero quedarme quieto, dando vueltas.
No poder imaginar el rostro que tendrán cuando bajen de esa lancha, después de hacer el transbordo en el río Grande; ni poder figurarse las dos primeras palabras o sonidos que saldrán de sus bocas cuando una vez pisado el puerto, sus cuatro ojos se posen sobre la bahía y miren como todo ha cambiado. Este que narra está cansado de pensar que la vida cambia para un solo lado.
Está cansado de esperar que lo intermitente se haga constante, está cansado de que lo constante se haga agotador, y lo esporádico, silencio. En realidad prefiere sumergirse en el olvido mas impensado, para no necesitar atarse de un poste una noche de sábado en el Puerto Central y no moverse nunca. El que narra esto necesita más que nunca algunas excusas para darse cuenta que la soledad de la isla no es ilusoria. Así como al mirar el rostro cambiado de los que nos visitan no puedo reconocer mas que un par de facciones y se me escapa un "no cambiaste nada" o un "estás igualito"; al mirar alrededor no puedo reconocer que me voy quedando solo y que tengo la necesidad de decir que todo está igual.
No me quiero perder en frases que no me van a conducir a nada. Lo único que necesito es empezar a ver que realmente la isla se me está vaciando alrededor, una bomba de vacío que me chupa. No se cuantas veces necesito pensar en viajar de este lugar par mirarlo desde afuera. Pero la excusa es siempre crecer en el lugar donde uno nació. La isla no es ni mi casa ni mi cárcel.
Tres de la mañana. Viento afuera. Hubo tormenta hace un rato. Doy vueltas en la cama. Me transpran las manos. Pienso en salir a fumar un cigarro al jardín, pero me imagino la corriente de aire frío que entra por la bahia, y prefiero quedarme quieto, dando vueltas.
sábado, agosto 27, 2005
Las pelucas
La peluca de la nada
“El que te ama no te nombra,
corazón de luz y sombra…”Jorge Fandermole
No tenés excusa- le sugirió ella. Ya no tenés más excusas. Después de todo, la única excusa que te viene bien es la que nunca cumplís. Al instante revolvió una vez más el café y sacó un álbum de fotos con imágenes de sus viajes a la provincia de Santa Cruz . Hurgó un rato, con la mirada fija en los paisajes, dando vuelta las hojas una a una, con la velocidad justa y el tiempo preciso como para que se le imprima en la boca una sonrisa, que persistía por un par de fotos. Miró fotos hasta que se le petrifico un segundo la cara y luego reaccionó. Se peinó como para disimular. Ya no tenés excusa, volvió a decir. ¿Qué le vas a decir? ¿La vas a llamar algún día?
En la foto se veían tres personas adentro de una carpa azul. Se les percibía el frío en la cara, sin embargo todavía se reían, todavía estaban contentos.
¿Es raro vernos sonrientes, no?, preguntó ella insistente. Acá habíamos vuelto del cerro ese que vos querías escalar y se nos había hecho de noche. ¿Nos cagamos de frío, te acordas? Ni se de que nos reíamos, pero la pasábamos bien. A veces me parece falso, como una foto que le pasó a otro. Como si no tuviera sentido que nos riéramos de nada. Pero se vé que en ese momento no nos dábamos cuenta, no sé. Se volvió a peinar, todavía tenía humedo el pelo negro. Se lo ató hacia atrás, haciendo un gesto con los labios, con sus brazos extendiéndose y doblándose para alcanzar las mechas de palo negro que se iban intrincando en la gomita de pelo que seguramente iba sacando, en una maniobra casi única, imaginando de memoria la forma de su cabellera, haciendo el gesto irrepresentable de girar los ojitos un poco y entrecerrarlos para imaginar mejor lo que pasa allá atras de su cabeza. Te queda muy lindo el pelo así, recogido, se te ve más la frente, se te notan más los ojos ¿No te lo dicen?, preguntó el. ¿Quién? Quién me lo va a decir? No se, piba, vos sabrás. Vos tenés quien te lo diga. El que me lo tiene que decir no me lo dice. A decir verdad, dice muy poco. Dice Hola, dice Chau. Más Chau que Hola. ¿Te diste cuenta que no sabés volver al pasado de la misma forma que volvés cuando charlás con una persona que hace siglos que no ves? ¿A vos no te pasa, negro?.
Así que el que te lo tiene que decir no te lo dice. Se rió espásticamente, volcando el vasito de agua casi vacío que acompañaba al café. Se rió mezcla de nervios y de pensar que el también era el que tenía que decir algo a alguien. Tocado por una frase rota. Desvalijado. Preso el negro de tener. Así que el que te lo tiene que decir no te lo dice... suena gracioso. Aclará, ¿Por qué "tiene" que decirlo, porqué es "él" el que tiene que decirlo y no otro u otra? Negro, no jodas, hará mucho que no nos vemos, pero nos conocemos, esas cosas no se explican. Yo quiero que me diga él y no otro. ¿Lo de los otros no cuenta, entonces? Todo es el, y la nada ehh? Que triste -remata el Negro mirando hacia abajo con el cuello torcido sobre la mesa y haciendo que no con la cabeza.
Cuesta acostumbrarse, contesta Lucía. ¿Al pelo? bromea el negro. Al pelo también, responde ella haciendosé la que no entiende el chiste. Viste como cuando te cortás el pelo que algunas mañanas te levantás y te querés peinar, y te das cuenta que no hay nada. Con él es lo mismo. Te levantás unas mañanas, lo querés abrazar y al rato te das cuenta que no hay nada para abrazar, el tipo está, ahí, pero corto, no lo podes peinar. Y más te pasa y más bronca, entonces más él se hace todo. Hay un momento en el que es todo él, pero despues una tiene que acostumbrarse. Igualito que el pelo.
Al negro se le cortó el chiste de un tijeretazo. Se dio cuenta que a él le pasa lo mismo. Que su ella, está bien lejos de ser su ella.
Lucía le pidó un segundo para ir al baño. Él la vio irse por el pasillito hasta que doblaba hacia el baño del bar de Lavalle.
No tenés mas excusa, negro. Se dijo, por lo bajo. Tendrás que llamarla. Pensó, mientras revolvía pasado corporizado en fotos de una vida, ya ajena, tan ajena como ella. Como una peluca.
Luciano Galizia 2005
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